Situada en los llanos de La Violada, donde los romanos abrieron su 'Vía Lata', la población se asienta entre cuatro colinas que reciben los nombres de: San Martín (La Corona), Puyadul, Molino de Viento (Las Crucetas), y el Monte Tabor. Por los restos de construcciones neolíticas situadas en el barranco de Villanueva, la presencia del hombre en este hábitat se remonta al menos al segundo milenio antes de Cristo. El casco urbano actual es el heredero de la mansión romana de 'Bortina', que jugó un papel importante en las guerras sertorianas y en la civil que enfrentó a Pompeyo y César. Posteriormente en época visigoda adquiere una importancia capital que le llevará a ser sometida por Musa ibn Nusairen el año 714, siendo liberada en 1096, recuperada por los musulmanes en la algarada de 1112 y reconquistada de nuevo en 1118 por el mítico cruzado Gastón de Bearne ayudado por su cuñado Céntulo de Bigorre. En mayo de 1170 le fue concedida su carta puebla por Alfonso II, por la cual, además de fijar los términos, los vecinos recibieron el castillo y el cerro donde se asienta para que construyeran allí la iglesia, abadía y casas. Se les concedió el fuero de Zaragoza, quedando exentos de ciertos impuestos y podían celebrar un mercado semanal. En los documentos del siglo XII aparece como villa de realengo regida por tenentes nombrados por el rey. La importancia de Almudévar estribaba en su situación en el camino que unía Zaragoza y Huesca. En 1364 fue el escenario elegido para la entrevista entre Carlos II de Navarra y Enrique de Trastamara con la reina de Aragón, para tratar acerca del destronamiento de Pedro I de Castilla. La villa de Almudévar tuvo voto en cortes. La parte antigua de la población está delimitada por Masevilla, el Arrabal, la calle de San Miguel, la calle Baja, el barrio de la Portaza (antigua puerta de Zaragoza) y las ruinas del castillo, extendiéndose hacia el sur hasta la carretera de Zaragoza con urbanizaciones que son fruto de diferentes etapas de expansión. Almudévar es una de las poblaciones aragonesas que han sabido ir a más, sin que la emigración la haya marcado con su huella. La actividad es creciente, en sus múltiples vertientes, por lo que el futuro es esperanzador. Allí nació el héroe mítico cuyas historias recogió el turolense Braulio Foz en su novela Vida de Pedro Saputo, inscrita en la mejor raíz de la narrativa aragonesa.

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